No soy un héroe.
Albert
Britt Robillard, profesor de Sociología e investigador en la Universidad de
Hawai; autor de Meaning of a Disability: The Lived Experience of Paralysis
(Temple, 1999).
El
personal de la Universidad
de Hawai se declaró en huelga el 5 de abril de 2001.
Yo
participé cada día en el piquete y en la manifestación frente al Parlamento
estatal.
Me sentaba
con una pancarta sobre las piernas, atada a mi silla de ruedas, que decía
"UHPA (Asamblea Profesional de la Universidad de Hawai) en huelga".
Tenía
prendida en la camisa una chapa con la leyenda:
"Unidos,
negociaremos; divididos, pediremos limosna."
Durante la
huelga, fueron muchos los que me dijeron o comentaron en voz alta: "Britt
es un héroe." También me hacían constantemente la misma pregunta:
"¿Estás cansado?". No, no estaba cansado. Pero me sentí excluido, como
si la gente hubiera querido que yo, mi silla de ruedas y mi cuerpo, atrofiado
por la ELA
(esclerosis lateral amiotrófica), desapareciéramos.
Esa enfermedad
afecta a las neuronas responsables de la motricidad, el cerebro y la espina
dorsal, provocando diferentes tipos de parálisis y, con frecuencia, la muerte.
Otra
pregunta recurrente que la gente hacía a mi esposa o a mis asistentes universitarios
era: "¿Cómo se siente?" Nunca me hacían la pregunta directamente a
mí.
Los
desconocidos, e incluso quienes me conocían bien, me aplicaban el estereotipo
del "héroe fatigado". Nadie tenía mala intención.
Sin
embargo, rara vez alguien intentaba establecer algún tipo de interacción conmigo.
No puedo
hablar y muevo apenas la cabeza y la nuca, pero aprecio la conversación, como
todo el mundo.
Mi esposa
y quienes me cuidan pueden leer mis labios, mi mirada y mis gestos. Sin
embargo, muy pocos de mis supuestos admiradores estaban interesados en
conversar.
Ser
llamado "héroe" por participar en eventos de la vida cotidiana, como
una huelga, no sucede sólo en Estados Unidos. Recientemente fui invitado a
Japón para dar conferencias en universidades y comunidades.
Durante
las charlas, algunas personas rompían en sollozos y otros me llamaban
"héroe".
Mis intervenciones
eran filmadas y difundidas, una y otra vez, en la televisión japonesa. Era
imposible ir a un restaurante sin ser reconocido.
No quiero
decir que no disfruté de ese viaje ni de haber participado en la huelga de la
facultad.
En ambos
casos mantuve verdaderas conversaciones con personas que conocían mi trabajo
sociológico. Pero no disfruté del mismo anonimato que la mayoría de la gente.
Me sentí impotente al no poder cambiar lo que decían los periódicos o la
televisión sobre mi supuesto "heroísmo".
Me da
vergüenza leer artículos sobre mi trabajo sociológico que me describen como un
"héroe".
Por
consiguiente, si el lenguaje está dominado por esos estereotipos y también lo
está el conocimiento que acompaña a las distintas formas de lenguaje, ¿qué
puede hacerse para liberar de ellos a los discapacitados?
Dos cosas.
La primera
es hablarle a la gente que usa un discurso restrictivo de la misma forma. Si
puedo, a los que me preguntan si estoy cansado, les hago yo la misma pregunta. Esto
los lleva a darse cuenta e incentiva el debate.
La segunda
tarea es enseñar el formidable poder que tienen la forma de hablar y escribir
sobre los discapacitados.
El poder y
las instituciones sociales están presentes en la forma que tiene una sociedad
de hablar, escribir, leer y representar visualmente las cosas, que se repiten continuamente.
Somos
agentes de esa repetición, y por lo tanto capaces de cambiar la forma en que
"miramos lingüísticamente" a los discapacitados. Aun cuando haya
leyes que protegen sus derechos civiles, es necesario ir más lejos y asumir el
poder del discurso.
Cuando
uso, con mis amigos y colegas, su mismo lenguaje, no intento imponer una suerte
de revolución. Mi objetivo es hacer que la gente tome conciencia del poder
creador de las palabras y las frases. Quiero recrear el ambiente festivo del
piquete de huelga, donde profesores pertenecientes a la clase me día fueron
capaces de identificarse -aunque más no fuera por un momento- con las históricas
huelgas de la clase obrera.
Quiero que
los discapacitados sientan la misma libertad, que su minusvalía sea ignorada.
Me cansa
estar encasillado en una categoría.
Quiero
dejar de ser un héroe.






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