domingo, 10 de noviembre de 2013

Una Carta para usted (Cartas de personas con discapacidad para diferentes personas) I parte


 

A un Amigo Ciego

 

Compañero: Desde que perdí la vista, y de esto hace tantos años, he deseado intercambiar confidencias con alguien sobre nosotros mismos, los ciegos, pues, a pesar de serlo, hay en mí algunos vacíos sobre algunos cómos y porqués de los que no ven. Muchas cosas se dicen, algunas sorprendentes, otras alarmantes, y muchas, interrogantes. Tú eres ciego pero naciste sin vista o la perdiste a una edad en que la memoria no conserva impresiones visuales por mucho tiempo, o no fueron totalmente elaboradas o el no haberlas experimentado después las fue desalojando más allá del  límite consciente. En cambio, yo la perdí joven, y por ello me he permitido dirigirme a ti para que entre ambos analicemos algunas interrogantes, afiancemos ciertas verdades y destruyamos, en lo posible, muchas estulticias que ruedan por allí. ¿Crees tú, como muchos, que existe una psicología especial del ciego; que, anímicamente  formamos un mundo aparte, desconocido, insondable; o, son simples características de la ceguera, del estado de ciego, que no alcanzarían a conformar una psicología especial? ¿Hasta qué punto la Psicología Diferenciada puede dar origen al agrupamiento de características sui generis que concurran a una psicología especial? ¿No serán simples reacciones de los que no ven ante ciertas actitudes de algunos videntes, las que nos enmarcan en un comportamiento diferencial, siendo sólo una defensa del Yo en momentos espirituales poco propicios para el dominio total de algunos impulsos? ¿O serán las normales adaptaciones a la oscuridad las que  nos hacen aparecer como diferentes? ¿O será el trastrueque de los valores estéticos de luz por tacto, oído, etc, lo que nos hace aparecer insensibles o eufóricos ante lo que para el que ve es motivo de otras reflexiones? Dicen que tú por no haber visto jamás la luz o no recordar la policromía del espectro con toda la gama de espejismos, perspectivas, gradaciones, etc, te formas una idea diferente de los objetos, aun de los que siempre han estado al alcance de tu mano.

Cuentan que hace años atrás, una niña ciega de nacimiento, fue operada y obtuvo la visión cuando tenía 20 años de edad. Nada reconoció de lo que antes le era familiar; tenía que tocar los objetos para poder reconocerlos, pues la imagen que ella se había forjado de las formas, no coincidía con la perspectiva de aquéllos a la distancia. El sol, que penetraba por la ventana de su cuarto dibujando en el  piso el cuadrilátero de luz, era para ella un obstáculo que debía salvar, y que todo esto la obligó a someterse a un proceso de aprendizaje elemental y analítico, pero de pronta captación. Todo le era desconocido. Si antes se desplazaba con suma facilidad, ahora no osaba dar un paso por temor a todo lo que la vista le entregaba. Si esto fuese así, tendrían razón los que hablan de un mundo propio de imágenes interiores ajenas a la realidad, sin color, sin contorno, sin perspectiva, sin espacio. No existiría el allí, el allá; todo sería aquí, acá.

Sería el mismo caso del que  ve y especula con abstracciones y con fenómenos inmateriales. Para ellos, la luz, la energía, pueden ser materiales; el espacio-tiempo, el alma, pueden ser realidades tangibles y no sólo efectos, respuestas, resultantes; pero, ¿tienen imagen de ellas? Y lo mismo pasaría con los fenómenos percibidos por los otros sentidos y por el cerebro como gran crisol del pensamiento.

Así como el que ve no se desespera por tales desconocimientos, así tampoco tú te afliges por lo que no viste nunca, ni yo por lo que ya conocí, base comparativa para nuevos conocimientos. Es, simplemente, una acomodación a nuevas circunstancias. Es un nacer o renacer a otros planos, restringidos de luz y  contorno, con fe dogmática de ellos. Existiendo esta constante y personal especulación imaginativa, no habría trastorno emocional por lo que no se ve. Cuántos hechos están sucediendo en estos mismos momentos más allá de nuestro campo sensorial: nacimientos, éxitos, fracasos, muertes y ni a ti ni a mí, ni al lector inmutan. ¿Es que vivimos solamente una vida sensorial metidos en nuestro propio yo? No, por cierto. Lo psíquico, lo mental, están siempre jugando un importantísimo rol que parte de nuestro mundo interior con la inteligencia (intus-legere: leer hacia adentro), leyendo, mirando, analizando nuestro pequeño mundo para ir después, en círculos concéntricos ampliándonos a otros mundos mayores: mi mujer, mis hijos, mi familia, mis amigos, mis compañeros, el barrio, la ciudad, la región, el Estado, el continente, el globo, el universo.

De todo este panorama nosotros perdemos el contorno pero nos quedamos con el pensamiento reflexivo que, junto a los sentidos restantes conforma una imagen buena o mala, aproximada o lejana, no importa; lo esencial es que ella es propia, personal pero conceptual, que en último término es lo único imprescindible en las relaciones humanas. Y aun en  este aspecto del conocimiento las discrepancias originan los juicios y las diferentes ideas sobre hechos idénticos. Epicuro afirma que distintas personas pueden ver una misma cosa de distinto modo, y todavía más, en una misma persona pueden variar en distintos tiempos las impresiones de color, de sonido, de gusto. “Cada vida es un punto de vista sobre el universo”. Lo que una persona ve no lo puede ver otra persona aunque ambas se ubiquen en momentos y lugares iguales. Por este camino especulativo ni las sensaciones ni el pensamiento darían garantías de seguridad. Tengo en mi mano una rosa. Tres videntes que me rodean dicen que es roja. Yo la veo sin color.

Pregunto: ¿qué rojo? ¿Parecido a qué? Y los tres no logran ponerse de acuerdo. Cada uno indica objetos diferentes que responderían a ese rojo. ¿Anormalidad visual?... Por la noche nos pusimos de acuerdo los cuatro. La rosa no tenía color. Fue la luz la que le dio el color…… Si la diferencia entre los demás y nosotros está en la apreciación de los fenómenos y la dificultad estriba, por el momento, en la imposibilidad de imponernos de inmediato de cualquier escrito, movilizarnos con absoluta facilidad y evitar cualquier obstáculo, tú estarás conmigo al pensar que esto es lo que nos impide tomar a la ceguera como una tragedia de horror y de muerte. En cierto modo puede que tengan razón los que piensan que enceguecer es morir. En efecto, muere el vidente, pero nace el ciego. Y lo importante es que nazca normalmente, ello es, adaptándose, ambientándose, educándose para una existencia normal que en el trastrueque de los valores le lleve a configurar un mundo espiritual sin inhibiciones mentales. En relación a lo puramente estético, a lo bello en sus infinitas manifestaciones conceptuales, creo que tú y yo lo circunscribimos a lo intelectual y a lo espiritual mediante la elaboración reflexiva del pensamiento invirtiendo, a veces, la escala de los valores manejada por los que ven, por otra que nos lleva también al placer y al desplacer por caminos diferentes.

Por ejemplo, ¿Cómo llega el ciego al amor del ser a quien no ha visto jamás? Como no es impresionado por lo visual: el color de los ojos, de la faz, de los cabellos, la armonía de las formas, la gracia en el andar, la imagen en perspectiva, etc, es impresionado por otros valores, quizá si más perdurables: la voz, la dicción, las actitudes, las reacciones, las ideas, los juicios, el criterio, la inteligencia, y ese no sé qué, que a veces llamamos simpatía y que constituye el todo de una personalidad, la manera de ser del individuo. No somos autoridad en  la materia, pero creemos que en este aspecto el ciego aventaja al vidente impresionado por lo visual, descuidando lo imperecedero, lo que los años no hacen cambiar. La escultural belleza de la juventud va perdiendo sus encantos en el devenir de los años. La simpatía, los sentimientos, el carácter, la inteligencia, la vivacidad, la dulzura, la fineza, la feminidad, se mantiene latentes a lo largo de una vida. Los ciegos buscamos el complejo mujer-compañera para llegar en el transcurso al amor en toda su esplendente consagración. Es indudable que podemos equivocarnos en lo físico, y aquella mujer tan atractiva, tan sutil, de modales tan finos y elegantes bien puede no ser la morena o la rubia que nos imaginamos, ni bonita como suponíamos, ni escultural como la soñábamos, pero la imagen que de ella nos forjamos cuando nos impresionó, se mantiene en nosotros y preferimos seguir viéndola como la creamos. ¿Qué más da si esa imagen es nuestra y con ella nos sentimos bien? ¿No es más valiosa esta imagen creada por nosotros, según nuestro ideal, forjada a nuestro gusto, que la que fue recibida sin idealizar nada? Soñadores… Tal vez. Hablé de morena y de rubia, olvidando que esos colores en ti tienen otra representación. Pero ya que estamos en el tema, has de saber que conservo las imágenes visuales de mi juventud, pero al recordarlas llegan envueltas en niebla, y sólo después de un gran esfuerzo puedo iluminarlas y más trabajo me cuesta aún el colorearlas. Todo lo veo a través de un atardecer en brumas, como la visión corriente de los ciegos. No es el negro profundo, es el gris oscuro de una noche sin luna y sin estrellas, con la imagen en sombra de lo que nos rodea, siempre que lo haya conocido previamente, incorporándose nuevas imágenes cuando el oído, el olfato o el tacto me las traen. Por ello, mientras más amplio es el conocimiento del habitat, mayor vivencia y mejor desplazamiento se puede lograr.

Entre los defectos que podemos tener, siempre me ha llamado la atención un marcado espíritu de corrección, que no detentamos con frecuencia, por cierto, y que pretendemos exigir de los que ven. Así, por ejemplo, nos parece torpe una persona que olvida algo cotidiano, o que no encuentra oportunamente lo que busca. Creemos que la posesión de la vista implica perfección. Puede que esto nos haga, a menudo, imprecar con vehemencia ante actitudes de gobernantes y burócratas que nos parecen desidiosos en la solución de nuestros problemas, aparentemente elementales. Esto mismo puede ser la causa de que algunas personas nos atribuyan alejamiento, introversión, considerándonos antisociales o resentidos. Y no es eso, precisamente, sino un leve rencor hacia un mundo que, en su mayoría, nos mira como a seres ajenos y tememos estar a cada instante bajo la mirada inquisidora, a veces compasiva, a veces protectora, a veces admirativa. Después de todo, haciendo abstracción de los defectos que la ceguera puede traer consigo, nos queda una pequeña satisfacción: tenemos la valentía de aventurarnos en innúmeras noches armados sólo de cultura, trabajo y esperanza que construyen, mientras que el vidente no osa aventurarse en una sola noche sin armas que destruyen.

Fraternalmente, Un Ciego
fuente: Rogelio Muñoz, una carta para usted

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