sábado, 14 de diciembre de 2013

Colectivos inclusivos: una deuda pendiente

Viajar en colectivo es una aventura, más aún si poseés algún tipo de discapacidad, puesto que todo resulta difícil: subir los altos escalones para llegar hasta el chofer, pasar por el reducido espacio del molinete o luchar por un asiento entre la multitud de pasajeros. Definitivamente los buses –además de caerse a pedazos– solo se encuentran en condiciones de albergar a personas atléticas o con buena salud; los demás deben “abstenerse”.

Para transportarse en micro se debe tener cualidades de acróbata, pues con las bruscas bajadas, subidas y giros que realiza esa pequeña lata de sardinas se deben sortear saltos, estirones y empujones y evitar así caerse y perder el equilibrio. Quizás para muchos esta situación sea una rutina de todos los días. Sin embargo, para quienes tienen problemas de salud o alguna discapacidad realizar un paseo en bus representa todo un desafío.
El drama comienza cuando los conductores se niegan a parar los colectivos a gente con capacidades diferentes. La lucha continua cuando estas personas intentan subir con gran dificultad los altos escalones. Una vez dentro del ómnibus se encuentran con solo uno o dos lugares reservados, los cuales son ocupados por individuos que perfectamente podrían viajar parados y, para colmo, fingen estar dormidos con tal de no ceder los asientos a aquellos que en verdad los necesitan.
Los molinetes impiden la movilidad de quienes no cuentan con mucha vitalidad y deben quedarse adelante hayan o no asientos libres.
Aunque si bien algunas empresas de transporte público ya incluyeron en sus buses rampas para personas con sillas de ruedas u otra discapacidad, todavía queda mucho por hacer de manera a que los colectivos sean accesibles para todos. No solo falta infraestructura, también que la sociedad sea consciente de la importancia de aceptar la diversidad y la pluralidad.
A pesar de que las personas con discapacidad no son mayoría en nuestro país, esto no implica que sean inexistentes, por esa razón, sus necesidades también merecen ser atendidas por la comunidad, generando espacios más inclusivos.
Por Sandra Villalba (19 años)

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